«Se está dejando de saber hablar y,en consecuencia, también de escuchar»

Da gusto escuchar la voz de Amancio Prada (León, 1949), que hasta cuando te recibe de buena mañana, todavía con cara de sueño ligero y recién tomado el primer café del día, parece que está cantando en el Olympia de París. Se lo comento y sonríe. Puedes ver perfectamente su sonrisa porque utiliza una mascarilla de metacrilato que «mi chica me consigue en Alemania». Luce rostro y pelo blanco, y parece un personaje fugado de un cuadro de Zurbarán y vestido con vaqueros. Cantautor, músico y poeta anhelante de silencios y enemigo del griterío, su reino sí es de este mundo: un reino en el que tiene cabida disfrutar a pleno pulmón de los placeres sencillos de la vida. Enemigo del griterío, eso sí, no quiere verse mezclado con el artificio y la estupidez, con el escándalo y las vísceras. Lo suyo es poner calma en los corazones heridos. Acaba de retomar los conciertos, en versión sinfónica, del ‘Cántico Espiritual’ de San Juan de la Cruz, orquestado deliciosamente por el compositor Fernando Velázquez, y a finales de noviembre estrena en Sevilla su nuevo trabajo discográfico: ‘Gustavo Adolfo Bécquer’, que recoge doce de sus poemas convertidos en canciones.

– ¿Qué sigue haciendo?

– Canto todos los días. Me parece que cantar es algo que nos ennoblece. Es como si al cantar sacásemos de nuestro interior el fondo más noble que tenemos. Es cierto eso que se decía antes de que el que canta, sus males espanta. Se canta poco hoy en día, la gente canta cada vez menos y eso es muy triste y perjudicial. Estamos cada vez más rodeados de música por todas partes, pero de una música que en la mayoría de los casos no es otra cosa más que anuncios.

– ¿Usted qué reivindica?

– El trabajo bien hecho, a todos los niveles y en todos sus detalles, tanto en el campo artístico como en todos los demás. Me sublevan toda esa chapuza y desidia que muchas veces nos rodean. Yo trato de hacer mi trabajo cada vez mejor, porque sé que el trabajo bien hecho no solo da alegría a quien lo recibe, sino también a quien lo hace.

-¿ Qué le ayuda a mantener el ánimo?

– Procuro que no me falte ningún día un poco de silencio, es muy necesario. Eso haría falta: más silencio y más pensar que no es más rico el que más tiene, sino el que menos desea. Éste puede ser un tiempo bueno para la reflexión, para darse cuenta de lo que de verdad es superficial y de lo que es esencial. Para vivir tampoco necesitamos tantas cosas, lo que pasa es que tuvimos unos años de tanto desarrollo, de tanto crecimiento, que tal vez nos embarcamos en viajes o aventuras no necesarios. Nos empeñamos en viajar cargados con todo lo superfluo.

– ¿Y qué no lo es?

– Centrarnos en esmerarnos día a día por hacer lo que hacemos, nuestra tarea, cada vez un poco mejor. Y solo en la medida en que uno hace bien lo que le corresponde puede esperar, e incluso exigir, que los demás hagan lo propio. Y otra cosa: todas las tareas son igualmente importantes. Tan importante es quien siembra el trigo, como el que aprieta un tornillo o el que elabora un decreto en las alturas. Todos los trabajos son necesarios y nadie es más que nadie.

– ¿Qué más cosas propone?

– Hay que cuidar los afectos; olvidarnos de hacerlo es un gravísimo error. Y hay que tener cierta delicadeza, cierta educación en el trato cotidiano con los demás, en el que no debe faltar la sonrisa. Todo esto es cada vez más necesario.

– Y frente a lo que no nos gusta, ¿qué actitud adoptar?

– Hay que adoptar una doble actitud: de rebeldía y de resignación al mismo tiempo. De rebeldía: no hay que callarse. Si la música está muy alta o hay ocho televisiones encendidas a nuestro alrededor, hay que pedir que bajen el volumen. Y de resignación: aprendamos también a saber darle la espalda a esa realidad y a crear nuestro propio espacio de silencio, una especie de exilio que nos proteja.

– Una de sus canciones habla de un lobo herido que muere en silencio. De un modo u otro, usted siempre acaba reivindicando el silencio.

– Para mí, la calidad de vida consiste en tener luz, espacio y silencio. Y, también, en molestar lo menos posible al prójimo y en conjugar la discreción con la excelencia.

– ¿Cómo se lleva con el paso de los años?

– No me paso mucho tiempo yo pensando en el tiempo. El tiempo está para vivirlo y olvidarse de él.

– Ni nostalgia, ni lamentos.

– Eso es lo más saludable, sí. Hay quien definió la salud como el olvido del cuerpo; cuando el cuerpo se olvida de sí mismo, no te señala ningún punto ni te recuerda que está ahí, eso es que va bien la cosa.

– ¿A qué ha renunciado ya?

– La vida es la alegría, el sol, las nubes, la oscuridad, las pérdidas de los seres amados… Yo hace ya mucho tiempo que renuncié a ser feliz, me conformo con intentar vivir con armonía.

– ¿Cree en las casualidades?

– Sí, por propia experiencia.

– ¿Cuánta inocencia dejó en el camino?

– A lo mejor soy ahora tan inocente o tan insensato como cuando tenía 20 años, o tan lúcido; no lo sé. La mayoría de los poetas experimentan a esa edad el don de la inspiración y de la escritura.

– ¿Es posible la poesía teniendo la nevera vacía?

– Es un problema tenerla vacía, pero también lo es tenerla demasiado llena.

– ¿No compra usted cosas innecesarias?

– Es difícil no hacerlo con todo el bombardeo publicitario al que nos someten cada día, pero procuro ser consciente de lo que es estrictamente necesario, entre lo que no debe faltarnos un poco de tiempo para poder mirar el cielo sin demasiada zozobra.

– ¿Qué es necesario hacer?

-A veces, bajarse de la parra y ponerse a cavar la viña.

«Modelos nefastos»

-¿ Cómo ve hoy nuestro país?

– Se están extremando mucho las cosas, y en eso creo que somos responsables todos, porque entramos al trapo de unos modelos nefastos -la bronca, el insulto, el griterío…- que uno ve en el Parlamento, y no solo en el Parlamento, sino también en algunos medios de comunicación. Nadie convence a nadie de nada, todo el mundo está atrincherado, no hay diálogo. Se está dejando de saber hablar y, como consecuencia, también se está dejando de escuchar. Y otra cosa, en cuanto a la política: me falta encontrar a alguien que, desde la oposición, reconozca un acierto en el que está gobernando, y le felicite y se congratule por ello; como tampoco encuentro a un político que, estando gobernando, reconozca que se ha equivocado -puede que con la mejor de las intenciones- y agradezca la crítica. Se ha impuesto el todo o nada, faltan los tan necesarios matices. Son escasas las miradas profundas, reposadas, sobre las personas y las cosas; no abundan, y falta mucha curiosidad por el conocimiento. A todo ello, no debemos olvidar sumar que hay una precariedad laboral, con unos sueldos tan miserables, que para las familias es muy complicado vivir. También en esto se está extremando el país: ricos muy ricos, y pobres muy pobres, gente por anda por ahí haciendo cola en los comedores sociales.

– ¿Y la cara positiva?

– Mire, en España tenemos trigo, vino y aceite; y tenemos mares donde poder pescar y bañarnos, y luz y sol y campos para labrar, y montes bellísimos que proteger. Y no tenemos que dejar de ser un país alegre donde la gente se reúna para cantar y bailar, donde los vecinos se ayuden, donde las familias permanezcan unidas, donde se escuche la voz de los mayores, donde se respete la experiencia y no se pierda el tiempo en disputas estériles.

– De defensor de utopías, ¿qué le queda?

– Desde hace algunos años, en contraposición a aquella pintada del 68 que decía «seamos realistas, pidamos lo imposible», yo estoy más bien a favor de «seamos utópicos, hagamos lo posible». ¡Claro que está en nuestra mano poder mejorar el mundo en el que vivimos. ¿Resignarse sin pelear? ¡Jamás!

– ¿De qué se da cuenta?

– De que uno nunca se baña dos veces en el mismo ‘Cántico’, por ejemplo. Lo que realmente sabes es aquello que has olvidado, y ya no sabes ni que lo sabes; eso es algo que sucede con la cultura: deja un poso que va con nosotros sin que seamos conscientes; nunca es en balde, por ejemplo, leer a Santa Teresa, o a San Juan de la Cruz, o a Federico [García Lorca]. Ni lo es contemplar una obra de arte, ni escuchar una música hermosa.

– ¿Cómo es hoy su vida?

– Siempre que puedo vivo en el campo o en un escenario. Puedo decirle que labro la tierra con las manos, desde hace unos cuantos años, como lo hacía cuando era adolescente; y que corto las ramas viejas o secas de los árboles, y quito las hierbas de los caminos y arreglo las cosas que se estropean…; y ya, por la tarde, labro el aire, porque la música es la labranza del aire. Sigo siendo labrador, como lo eran mis padres, y sigo teniendo la suerte de, de vez en cuando, salir a un escenario y cantar, y entonces supongo que todo lo vivido aflora en ese canto.

– ¿Desencantado?

– No, no. Estoy completamente encantado.

– ¿Y la adversidad?

– No puedo hacerme cargo de la de todos, bastante tengo con la mía y la de mi entorno, pero procuro, a sabiendas de que en la vida no todo son rosas, sino que hay también espinas, saber resolver ese enfrentarse a las adversidades de una manera armoniosa. Los que partimos de una afición que se ha convertido en profesión, algo que yo le desearía a todo el mundo, tenemos un asidero que es muy importante.

Disco en el confinamiento

– ¿Satisfecho con sus creaciones?

– Siempre imagino las cosas mejor de lo que soy capaz de hacerlas; eso implica frustración, pero al mismo tiempo es un acicate, un estímulo, un motor. Ahora acabo de hacer un nuevo disco, durante estos meses en los que he estado confinado, con doce poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. Es curioso: la primera canción que hice, cuando tenía 17 años, fue ‘Volverán las oscuras golondrinas’, un poema que me encanta. Ha pasado muchísimo tiempo ya, pero he vuelto a Bécquer. El segundo poema suyo que convertí en canción fue ‘Qué solos se quedan los muertos’. Imagínese ahora lo que está pasando: los muertos no solo se quedan solos, sino que la gente está muriendo en absoluta soledad, sin sus familiares, sin una caricia… ¡qué enorme tristeza!

– ¿Con qué poema de Bécquer se identifica más?

– Con uno que me llena plenamente: ‘Espíritu sin nombre’, que encierra una especie de misticismo panteísta que también advertí en Rosalía [de Castro]: «Yo ondulo con los átomos / del humo que se eleva / y al cielo lento sube / en espiral inmensa…. / Yo corro tras las ninfas / que en la corriente fresca / del cristalino arroyo / desnudas juguetean…». Sientes que formas parte de la naturaleza y que, en el fondo, no somos más importantes que una hoja de árbol. Bécquer tuvo una vida más bien desgraciada en todos los ámbitos, pero, sin embargo, qué misterio: de una vida tan desgraciada emanó una obra tan delicada y tan perenne.

– Dígame lo que quiera.

– Más vale penar de dolores que estar sin amores. Se lo digo con total convencimiento.

– Pues no sé yo, ¡eh!

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