¿Nos vamos de viaje a un sitio… asqueroso?

La boca del infierno en Borneo

Ahora que tenemos tantas ganas de volver de viaje, y sabiendo que no lo haremos en una buena temporada (al menos en unas condiciones mínimamente normalizadas) es un buen momento para recordar lugares repulsivos. Sitios que quitan las ganas de descubrir cosas exóticas. Rincones del mundo que tienen entre sus principales atractivos experiencias asquerosas. Ahí son muy importantes las relaciones con bichos repugnantes. Puaj. Seguramente las cuevas de Gomantong, en la parte malasia de la isla de Borneo, sea uno de los destinos que dan más repelús. En realidad, las cuevas son bonitas, de techos altísimos. Pero es que allí viven dos millones de murciélagos que se hacen cacas todo el rato. Hay siempre un sirimiri sospechoso. Y en el suelo, toneladas de excrementos que fermentan desde hace siglos. Huele mucho a metano y es difícil respirar. Se camina, linterna en mano, por una plataforma sobre las montañas de estiércol que también está cubierta por una sustancia resbaladiza. Vaya ascazo, ¿no? Pues eso no es lo peor. Lo peor es que por encima de ello bulle una masa de cucarachas y ciempiés enormes, unos encima de otros, como en un río infernal. Suenan miles, millones de clip, clip, clip, de exoesqueletos chocando unos contra otros. ¿Quién nos ha mandado entrar aquí? Y lo peor de todo, ¿por qué ahora lo echamos de menos?

Un plato de arañas en Camboya

En Camboya, entre Siem Reap y Phnom Penh, está Skuon. Los guiris que se pasan por allí le llaman ‘Spiderville’. No tiene nada de especial este pueblecito más que el montón de vendedores que esperan con palanganas rebosantes de arañas fritas a los autobuses que transportan turistas. Cuidado: no son arañitas para comer de un bocado, sino bichos imponentes de los que tienen pelos gordos en las patas. La pesadilla de cualquier aracnofóbico. Pero también una excentricidad que con el paso de los años se ha terminado convirtiendo en un plato tradicional. ¿Su origen? No está muy claro, aunque hay teorías que apuntan hacia el tiempo genocida de los Jemeres Rojos, cuando la falta de alimentos habría llevado a la población a engullir cualquier cosa viva que se les pasase por delante.

Buffet de insectos en Tailandia

Hace tiempo que se intenta fomentar el consumo de insectos como fuente sostenible y barata de proteínas. Por estos lados, eso no cala mucho. Salvo cuando vamos fuera. A Tailandia, por ejemplo. En concreto, a Khaosan Road, la calle donde desde siempre se concentran los jovenzuelos australianos, europeos y americanos que van a hacer un poco el golfete. Allí hay puestos a mansalva con grillos, saltamontes, gusanos y todo tipo de insectos que sirven a puñados en cucuruchos. Consejo: consumir sólo los más pequeños, los que son como dedalitos crujientes que saben únicamente al aceite en el que fueron fritos. Los más gordos, los que no se pueden comer de un bocado, guardan en su interior líquidos que se acaban escurriendo por la barbilla mientras uno trata, sin éxito, de cercenar unas alas grandísimas que son como de plástico.

De postre, mariposas en México

Por quitar el mal sabor de boca, miremos hacia México. Allí hay un sitio donde los bichos también se convierten en atractivo turístico, pero ni son asquerosos, ni hay que comérselos. Es la increíble Reserva Mariposa Monarca, en Michoacán. Entre octubre y noviembre millones de mariposas llegan aquí procedentes de la región de los Grandes Lagos, en EE UU y Canadá. Cubren completamente los árboles, forman racimos que en ocasiones quiebran las ramas, y cuando el sol empieza a calentar comienza el movimiento. Es un espectáculo muy raro porque, con todos esos insectos revoloteando a la vez, hay como un estruendo visual, la atmósfera en movimiento frenético, pero todo en silencio. Si acaso se nota lejanamente un rumor casi imperceptible de aleteos sordos.

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