Yo siempre de usted a médicos y enfermeras

El que haya recibido un fusil dispara y el que no, le sigue y, cuando el que lleva el fusil muera, recoge el fusil y también dispara. Con esta orden los oficiales rojos lanzan al asalto a cientos de reclutas al principio de la película ‘Enemigo a las puertas’. Estamos en Stalingrado, las ametralladoras nazis vomitan fuego y los soldados rusos, sin fusiles para la mitad de los hombres, caen como moscas. Uno lo ve y se indigna. Si mandas a un muchacho al frente al menos dale un arma. Y si envías a un médico, una enfermera, un auxiliar o al personal de las ambulancias a vérselas con un virus muy contagioso también al menos debes darle mascarilla, bata y guantes. En España el coronavirus se ha apoderado de los hospitales como los nazis ocuparon Stalingrado y nosotros igual que el ejército rojo tenemos a la mitad de nuestros doctores con protección y a la otra mitad sin. El que haya recibido un respirador cura y el que no, le sigue y, cuando el del respirador se infecte, recoge el respirador y también cura, parece que oigo a las autoridades sanitarias dar esa instrucción.

A los niños de la EGB sólo nos vacunaron de viruela y tétanos. Yo pasé la tosferina, la varicela, el sarampión, las paperas… Recuerdo que mi abuelo, mi padre, mi tío Michel, el tío Eduardo, médicos los cuatro, o mi madre, que no se jubiló de enfermera hasta los setenta, jamás se separaban de la cama de un enfermo grave. No se me despintan ni el maletín en el recibidor de casa ni el estetoscopio que mi padre guardaba en el cajón de su mesilla de noche. La medicina es un sacerdocio que desconfía del más allá, me decía; aludiendo a que el médico no tiene domingos cuando alguien lo necesita y a que se interpone entre la vida y la muerte de los otros. Mi padre quería que siguiera la tradición familiar y que estudiara medicina, ahora me arrepiento… ¡Quién fuera médico o personal de ambulancia y no político en estas horas de lucha sin cuartel!

Una doctora llora porque ha tenido que elegir entre la vida de dos personas al no poder intubar más que a una. La señora a la que seda para que no sufra coge su mano y le pregunta: «¿Saldré?» La doctora con una sonrisa responde «sin duda» y le transmite paz. Cuando esto pase espero que nos acordemos de dar al personal sanitario el reconocimiento social, las condiciones de trabajo y el sueldo que antes les escamoteábamos. Sin el sacrificio de los médicos esta epidemia nos habría deshumanizado. Siendo mortales, ¿cómo dimos por hecho que gozar de salud era lo normal? Yo, a los médicos y enfermeras, siempre de usted y gracias.

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