Otra vez el ayer

La imagen de un Mestalla efervescente cautiva incluso al profano, a quien se asoma por primera vez, tantos años después, al espectáculo. No hay todavía, por fortuna, rastro de bombo-cams, kiss-cams, aplaudidores de plástico, drones, vídeos promocionales con estética de videojuego cutre, mensajes genuflexos dirigidos a la propiedad ausente ni megafonías revientatímpanos. No hay teléfonos en la grada que distraigan al asistente, ni influencers, ni redes sociales, ni turistas, ni una U televisiva que maree escupiendo anuncios de multinacionales. Basta con un sencillo decorado que, sin embargo, atrapa a primera vista. Un tapete verde cercado por el mosaico multicolor de la pequeña y mediana empresa local; una grada casi vertical sin huecos, repleta de rostros familiares, que esconde tracas y papelitos bajo las sillas blancas y azules; las largas pancartas desplegadas sobre el Gol Gran que recuerdan al valencianismo su propia filosofía. Y ese sonido, el genuino sonido del mejor Mestalla posible: un Mestalla que brama incansablemente con una sola voz, que apoya incondicionalmente a los suyos, que hace cabalgar al Valencia hacia la victoria soñada en tantas ocasiones.

Sobre el pasto, reluciente esa noche de abril de 2002, no se está jugando un partido cualquiera. Se está dirimiendo una Liga. Aún hay en el estadio supervivientes de la era eléctrica, que explican a sus vecinos de localidad la apabullante superioridad de los equipos de Encinas y Cubells y el milagro obrado por el grupo de Pasarín en el 47; son multitud los aficionados que paladearon en el 71 la Liga más reñida de la historia, que pueden hablar con exactitud del regate del melocotón de Paquito o recrear el emocionante gol de Forment ante el Celta. Pero hay muchos para los que esta es la primera vez. Muchos que desean atesorar los inolvidables fotogramas del curso 01/02 como recuerdos del primer título de Liga vivido.

Por si faltaba algo, tras un penalti marcado por Tamudo, Carboni saca inoportunamente el codo y deja al equipo con diez. Se han completado los ingredientes para vivir una noche épica. Mestalla no desfallece ante la adversidad. Grita más, canta más, presiona más, alienta más a un grupo que se sabe capaz de todo. Quizá en otro escenario la remontada pudiera parecer un ejercicio tantálico. Sin embargo, todos saben que su equipo rocoso, casi imbatible, va a conseguirla. Baraja dirige el juego con inteligencia, dejando atrás a rivales con la elegancia de un gamo. En él toman cuerpo las herencias de Claramunt y de Iturraspe, organizadores de los Valencias campeones. Dispone de múltiples escuderos de lujo, pero él, con su 8 a la espalda, se convertirá en icono de esta Liga que expira apresuradamente y que tiene su clímax en los dos goles ante el Espanyol. Cuando el segundo besa la red en el minuto 33 de la segunda parte, mi padre y yo nos abrazamos, emocionados, en nuestro refugio de Zafranar. Esa noche, a falta de la confirmación de Málaga, nos sabemos ya campeones de Liga.

Dieciocho años después, sentado en el sofá durante la segunda semana de la cuarentena, experimento las mismas sensaciones de entonces al volver a ver el partido de mi vida. La excitación ante la carrera de Aimar, el vello erizado durante el centro de Kily, la humedad en la mejilla con el gol del Pipo. Y vuelvo a sentir la compañía de mi padre, ausente desde hace demasiado tiempo. Otra vez el ayer. Otra vez la felicidad.

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