Lo esencial

El Gobierno ha decretado en las últimas horas la paralización de toda la actividad económica ‘no esencial’ para una vida limitada. Esta existencia a medias se concreta, en el mejor de los casos, en un confinamiento estricto; y, en el peor, en contagio, enfermedad y dolor. Las pocas excepciones al nuevo mandato tienen que ver con aquellos servicios imprescindibles no ya para la propia vida, sino para la mera supervivencia: alimentación, salud, transportes, logística y poco más. Nadie duda ya de que la medida sea apropiada, e incluso se podría afirmar, a toro pasado y desde la seguridad que da la experiencia, que ésta llega tarde; sobre todo teniendo en cuenta el escenario de crisis sanitaria sin precedentes en el que nos encontramos inmersos a nivel planetario. Sin embargo, en algo erramos el tiro: lo que se está garantizando hoy no son las cosas esenciales, sino las condiciones materiales mínimas necesarias para que lo esencial pueda regresar lo antes posible.

      Pienso en aquella canción de Sabina que ya atisbó, antes incluso de que yo naciese, que lo esencial está en el riesgo, en la osadía y en el placer: «compra una máscara antigás, / mantente dentro de la ley, / si lo que quieres es vivir cien años / haz músculos de cinco a seis». Si de algo nos hemos dado cuenta es de que la realidad con cortafuegos propia del aislamiento no es más que un sucedáneo de algo que sí merece la pena. Así, este esfuerzo posterga nuestro modo de vida, precisamente para conservarlo. Es importante repetirlo para resistir: esto no durará siempre. Aunque el lecho del río quede arrasado, las aguas volverán a su cauce y nos despeinará de nuevo, como cantaba Joaquín, el vientecillo de la libertad.

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