Filosofía de emergencia para tiempos de cuarentena

La filosofía es nuestro compañero inevitable de epidemia y cuarentena, aun en el caso de que las estanterías de nuestra casa –esa en la que permanecemos forzosamente enclaustrados– no guarden ni una sola obra de pensadores ilustres. En estos momentos de zozobra, cuando nuestras certezas y hábitos se han hecho añicos hasta volverse inservibles, se nos agolpan en la mente las grandes preguntas que han pellizcado desde siempre al ser humano. Por poco propensos a la reflexión que seamos, la filosofía se acaba colando en nuestros hogares y nuestras cabezas: ¿por qué nos está sucediendo esto? ¿Tan vulnerable es la humanidad? ¿Es justo que mis padres enfermen y los del vecino no? ¿Cuáles son los comportamientos éticos en estas jornadas difíciles? ¿Por qué en unos ánimos prima la solidaridad y en otros el egoísmo? ¿En qué consiste ese amor que nos hace añorar dolorosamente a los seres queridos, temer por ellos, sentirlos tan cercanos a pesar de la distancia? ¿Es legítimo experimentar momentos de felicidad familiar en mitad de tanto sufrimiento? ¿Cómo se debe resolver esa situación terrible en la que queda solo una cama y se acumulan varios enfermos?

Preguntas como estas, complejas y a menudo incómodas, dan sustancia a la historia de la filosofía, y las cavilaciones y conclusiones de las mejores inteligencias del pasado pueden acudir en nuestro auxilio y quizá brindarnos algo de consuelo o servirnos de guía. Estamos en una situación extrañísima, insólita, en la que las discusiones sobre ética se han vuelto omnipresentes y cotidianas: un desencuentro en las redes sociales sobre el acopio de papel higiénico o sobre el abuso de pasear al perro más de la cuenta puede llevar a invocaciones del imperativo categórico de Kant, aquello de comportarnos de manera que la máxima de nuestra conducta pueda convertirse en ley universal. ¿Qué nos puede aportar la filosofía en estas circunstancias? «La capacidad de estar quietos y solos en un cuarto y que de nosotros no salga un chorro de tedio, sino alguna idea sobre el sentido y la falta de sentido de lo que está pasando. La filosofía dice que, en realidad, no hay momento presente que no sea una crisis, pequeña o grande, y que está enfermo aquel que no quiere ver esto porque no puede soportarlo. Y por la ventana casi puedo ver una terrible cantidad de miedo descontrolado», plantea Miguel García-Baró, profesor de la Universidad de Comillas y autor de ‘La filosofía como sábado’.

«La filosofía no va a resolver problemas materiales o sociales inminentes, pero sí es una disciplina práctica y, cómo tal, sí puede y debería aportar mucho a las personas», analiza Guillermo Gallardo, fundador de la Sociedad de Filosofía Aplicada, un inesperado ‘hit’ en Facebook que acumula tres millones de seguidores. «Especialmente –añade– en situaciones donde las cosas se han salido de sus cauces habituales y la gente tiene que replantearse muchas cosas para seguir con un día a día muy cambiado. La filosofía tiene la función y casi el deber de ayudar a situarnos y ver la realidad desde prismas y ópticas diferentes para tratar de recuperar una cierta normalidad en nuestro día a día… y, a ser posible, salir reforzados, con una reflexión razonada de esta situación de cuarentena que nos ha caído sorpresivamente y aún tiene visos de durar».

Hay una frase que recorre buena parte de la historia del pensamiento, y es aquella que sostiene que filosofar no es otra cosa que aprender a morir o, formulado de otra manera, aprender a vivir sin miedo a la muerte propia o ajena. Quizá tampoco se trate de llegar a los extremos del griego Jenofonte, discípulo de Sócrates de quien se cuenta que, al enterarse del fallecimiento de su primogénito en batalla, se limitó a pronunciar un breve comentario de aceptación: «Sabía que lo engendré mortal». Pero seguramente sí que nos convendría impregnarnos un poco de estoicismo, esa corriente filosófica que busca, en palabras del escritor y exministro César Antonio Molina, «aminorar el impacto» de la muerte y propiciar una vida virtuosa. «No permitas que te turbe la imagen de tu vida entera. No te preocupes pensando en los muchos e importantes sufrimientos que probablemente te esperan (…). Ni el porvenir ni el pasado te agobian, sino siempre el presente. Y se reduce al mínimo si lo dejas solo y si refutas a tu inteligencia cuando se cree incapaz de afrontarlo sola», escribió Marco Aurelio, el emperador filósofo, que algo sabía de epidemias: le tocó vivir la peste antonina, que acabó con millones de romanos y lleva, de hecho, el nombre de su familia.

Platón y el amor

¿Qué obras filosóficas nos recomiendan nuestros expertos para estas jornadas de incertidumbre y aislamiento? Los dos coinciden en una: ‘El banquete’ de Platón. «Es una obra de arte extraordinaria en todos los sentidos y su tema es el amor en todos sus sentidos», resume García-Baró. «Hasta Unamuno, al ser preguntado sobre qué filosofía se hacía en su tiempo, tuvo a bien responder: ‘Usted lea primero a Platón y luego ya iremos viendo’. ‘El banquete’ es un libro precioso donde se habla del amor», añade Gallardo. En él, por cierto, se menciona que la sabia Diotima consiguió aplazar diez años una epidemia mediante sacrificios. «Algo que ahora, sin duda, firmaríamos todos», sonríe el experto. ¿Más material para nuestro botiquín de ideas? García-Baró propone las ‘Cartas a Lucilio’ de Séneca («manual de resistencia y también magnífica obra de arte») y salta al siglo XX con ‘Ética e infinito’ de Emmanuel Levinas (un «manual de esperanza y justicia» que «describe con profundidad las auténticas relaciones entre personas»), pero también se detiene a citar el bello salmo 91 de la Biblia: «No temerás el espanto nocturno / ni la flecha que vuela de día, / ni la peste que se desliza en las tinieblas, / ni la epidemia que devasta a mediodía».

Por su parte, Gallardo (que hace unos meses pubicó ‘Filosofía para todos’, una introducción a los grandes temas filosóficos que aspira a aunar rigor y amenidad) se inclina por la ‘Ética a Nicómaco’ de Aristóteles: «Viene muy a propósito, en vista de la mucha falta de esta disciplina moral que se ve en algunos ciudadanos que se niegan a acatar las normas mínimas que se están imponiendo para que salgamos cuanto antes de esta crisis sanitaria… y quién sabe si también económica». Y, para concluir, se permite un rodeo por la narrativa para elogiar la novela ‘La peste’, de Albert Camus, publicada en 1947 pero de plena actualidad estas semanas por culpa del coronavirus. «Está situada en una grave epidemia en Argelia y tiene como moraleja que no se puede salir de ninguna emergencia humana sin eso… sin humanidad».

Los extremos de la falsa autoayuda y de los pensadores malrollistas

Emil Cioran.

Del mismo modo que hay lecturas recomendables para estas semanas de angustia, quizá podamos señalar otras de la que es mejor idea mantenerse apartado. Como se puede imaginar, queda lejos de la intención de cualquier estudioso el proscribir ningún libro, pero sí hay pensadores que quizá no cuadren del todo bien con el humor meditabundo y penumbroso que se impone estos días.

«Dirigiéndonos a un público que supuestamente está en mayoría de edad, como diría Kant, en principio no debería haber ningún libro que debiera repudiarse o ponerse en cuarentena –puntualiza Guillermo Gallardo–. No obstante, y dado el estado de ánimo del público en general en estos difíciles momentos, tal vez serían menos recomendables los escritos con una cierta carga de pesimismo antropológico… Por ejemplo, Cioran o Sartre. Pero para no bajar más la moral de la parroquia más que nada, porque desde la filosofía no se busca tanto el sentido falsamente positivo de la autoayuda como las preguntas capitales, sean estas dolorosas o no». De hecho, incluso hay personas a las que les puede resultar reconfortante el extremismo casi humorístico de alguien como Emil Cioran, que escribió:«No creo haber perdido una sola ocasión de estar triste».

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