El fin de lo macro

Nos estamos cansando de decir durante esta pandemia que cuando salgamos de ella la sociedad que quede va a ser completamente diferente a la que conocemos. Y yo creo que lo repetimos sin cesar para convencernos, porque en realidad no tenemos demasiadas esperanzas en nosotros mismos. Cierto es que nunca habíamos atravesado una situación tan delicada como esta, con un país fuera de juego dentro de un mundo que no ofrece garantías de nada. Igual debíamos llegar hasta este extremo para reaccionar, pero mira que es triste apurar tanto.

Es probable que esta crisis, como la anterior (la provocada por los abusos con la burbuja inmobiliaria) nos obligue a pensar a partir de ahora en dimensiones más pequeñas, y que desterremos la idea de que cuanto más grande mejor. Si de aquella acabamos con los proyectos megalómanos que habían poblado nuestras ciudades, de esta quizá terminemos con los macroeventos en los que lo importante era un dato abultado final más que el hecho de que los asistentes hubiesen acabado satisfechos con el acto en cuestión.

Después de contemplar vacías plazas y calles emblemáticas, donde habitualmente no cabía un alma, cuesta creer que en unas semanas vayamos a sentirnos cómodos participando en mastodónticos festivales y superfiestas. O subiendo a aviones enormes, voluminosos cruceros y trenes bala de exorbitante longitud. Si fuimos capaces de entender que un museo no era mejor porque estuviese alojado en un amplísimo y modernísimo edificio, si comprendimos que era innecesario construir complejos colosales dedicados al cine, las artes, la cultura, las ciencias o el vino, si descubrimos que las metrópolis en las que vivíamos no solo podían crecer en vertical, tal vez deberíamos empezar a hacernos a la idea de que los éxitos de las convocatorias no solo se pueden valorar en cifras, de que los aforos han de encontrar sus límites, de que las aglomeraciones no son ideales para poder disfrutar de un paisaje o un cuadro.

Si de la anterior crisis acabamos con los proyectos megalómanos de esta terminaremos con los macroeventos

La teoría nos la sabemos. Ahora falta que, cuando nos lo permita el virus, podamos aplicarla. Que no nos olvidemos de hacerlo. Que si nos despistamos por la euforia recordemos este silencio que ahora reina en el día a día, o las impactantes imágenes de la nada paseando por las aceras, o la sensación de vivir entre rejas detrás de nuestras ventanas.

Soy el primero que quiere dejar atrás esta pesadilla, pasar página e intentar aprovechar lo queda de 2020 y acumular experiencias que nos salven el año, pero convendría tener presente dónde hemos estado, las excepciones que hemos asumido sin más remedio (estado de alarma, pseudotoques de queda, pérdidas de derechos, sitios policiales). Ojalá no actuemos únicamente por miedo, sino porque hayamos aprendido dos o tres lecciones de todo esto.

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