Caipirinha, el trago que ayudó a pasar la gripe española

Va todo tan rápido que, sinceramente, no sé cómo andará España cuando ustedes lean este artículo. Cruzo los dedos para que estemos todos en casa, a resguardo y un poco aburridos, y no les parezca frívolo que hablemos de cócteles. Sobre todo teniendo en cuenta que durante el aislamiento por coronavirus tendremos las tiendas de alimentación abiertas, tiempo libre y cierta necesidad de pensar en temas ligeros.

Si tienen ustedes el mueble-bar bien surtido y se plantean dar algún que otro lingotazo escapista a la botella, sepan que no son los únicos que han reaccionado de esta manera a una epidemia. Este semana pasada vimos cómo durante la plaga de gripe española de 1918 los españoles recurrieron a remedios peregrinos como el ajo crudo, el zumo de limón y, sobre todo, el alcohol. No para lavarse las manos precisamente, sino para calentarse el estómago y de paso cumplir con la tradición que atribuía a ponches, tónicos, vinos calientes y otros bebedizos espirituosos virtudes medicinales y antigripales. Ya saben, como el chorrito de brandy que se echa en el requemado contra los resfriados y que curar, no cura, pero sí que entona.

Lo mismo hicieron los brasileños durante aquel fatídico año de 1918. En Brasil existe aún la costumbre de contrarrestar los síntomas del resfriado con «chá de alho», una infusión con ajo, miel y limón o lima a la que no es raro añadir también unas gotas de licor. Con más razón aún se «alegró» la fórmula en 1918, cuando aún se creía que ingerir alcohol de alta graduación servía para matar los patógenos del organismo. Tanto es así que según el Instituto Brasileiro da Chachaça, la famosa caipirinha nació como una versión embolingante de este remedio medicinal y ésa es a día de hoy la teoría más reconocida sobre el origen de este cóctel. La popularización de la caipirinha (cachaça, lima, azúcar y hielo) se produjo a partir de la Semana de Arte Moderno de São Paulo, en 1922, pero es muy posible que surgiría unas poco años antes en la misma región como variante etílica del té de ajo. Una generosa dosis de cachaça no sólo hacía de aquella infusión un bebedizo más agradable, también potenciaba supuestamente sus efectos y facilitaba la absorción del «medicamento». Tan bueno estaba aquel bebedizo que al parecer los pacientes le cogieron gusto y comenzaron a cambiarlo poco a poco, sustituyendo la miel por azúcar, añadiendo hielo y eliminando completamente el ajo de la ecuación.

Ya ven que, al menos, algo bueno salió de aquella epidemia. En esta que afrontamos ahora la caipirinha no les hará ningún bien como medicina pero quizás sí les ayude (siempre consumida con moderación) a relajarse un poco y a pensar que todo pasará. Quédense en casa y sigan leyendo y disfrutando en la medida de lo posible. Aquí seguiremos frivolizando un poco para que se sientan acompañados.

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